
Hoy anduve por la calle Corrientes, que me apasiona con sus cientos de librerías donde encontrás de todo-de todo. Bueno, entre la salida del subte en Callao donde me bajé 19.50 y la puerta del complejo la Plaza donde me encontraba con una amiga a las 20 (para los de otras geografías, unos 150 metros) me compré 9 libros, en su mayoría de literatura argentina y latinoamericana para cubrirme ciertas lagunas que una profesora de Literatura no debe tener ;-). Y uno sin relación con áreas de mi trabajo: Carta a un religioso de Simone Weil. Tenía algunos datos sueltos sobre ella, muy sueltos, pero sin haber abierto el libro, estos dos párrafos que aparecen en la contratapa y en la solapa respectivamente me decidieron a comprarlo, una especie de empatía, un flash de túnel del tiempo y qué bueno estaría sentarnos ahora a tomar un café con Simone...y sé de muchas lecturas decisivas de mi vida que empezaron así, con una resonancia fuerte adentro sin poder explicar mucho más:
"Cuando leo el Nuevo Testamento, los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con un especie de certeza que esa fe es mía, o más exactamente, que sería mía sin la distancia que entre ella y yo establece mi propia imperfección. Esto crea una dolorosa situación espiritual. Quisiera tornarla no menos dolorsa sino más clara. Cualquier dolor es aceptable en la claridad"
"Simone Weil nació en París en 1909 y murió en Inglaterra en 1943. Se crió en el seno de una familia judía y estudió en la Sorbonne junto a Simone de Beauvoir. En 1937, su apasionado interés en el sufrimiento de los otros la llevó a trabajar un año en las fábricas de Francia y a viajar a España para luchar del lado de los anarquistas en la Guerra Civil. Cinco años después tuvo que seguir el destino común a tantos judíos europeos y huyó a los Estados Unidos junto con sus padres pero sólo con la promesa de que volvería a Inglaterra para unirse a las tropas de De Gaulle. Ya enferma de tuberculosis, empeoraba día a día porque se negaba a comer más de las raciones que Hitler permitía a sus congéneres en la Francia ocupada (interpolo yo: "La verdad es pan", decía). "